_No todo pastor próspero es un falso profeta, como tampoco todo pastor humilde es un verdadero siervo de Dios_
Por: Estefanía Martínez | Periodista
En los últimos días, las redes sociales han servido de escenario para un intenso debate en torno a la vida y la prosperidad que exhiben figuras cristianas como los pastores Marcos Yaroide, Laura Cárdenas y la pastora Yesenia Then. Como suele ocurrir en la era digital, abundan las opiniones, los juicios y las conclusiones apresuradas. Sin embargo, antes de emitir un veredicto sobre quienes dedican su vida al ministerio, conviene acudir a la fuente principal de la fe cristiana: la Biblia.
La primera realidad que encontramos en las Escrituras es que quienes sirven al Señor tienen derecho a ser sostenidos por la obra que realizan. No se trata de una invención moderna ni de una estrategia para enriquecerse, sino de un principio establecido por Dios.
El apóstol Pablo fue categórico al escribir:
«Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.» (1 Corintios 9:14).
Antes de esa afirmación, Pablo compara el ministerio con otras profesiones: el soldado vive de su servicio, el agricultor disfruta del fruto de su siembra y el pastor del rebaño recibe parte de su producción. La conclusión es evidente: quien dedica su vida por completo a la predicación tiene derecho a recibir sustento de ella.
Jesús mismo enseñó el mismo principio cuando envió a sus discípulos a predicar:
«Porque el obrero es digno de su salario.» (Lucas 10:7).
Es decir, la provisión para quienes sirven en el ministerio no debe verse como un privilegio indebido, sino como un acto de justicia.
El diezmo: una práctica de fe
Uno de los aspectos más cuestionados suele ser el diezmo. Sin embargo, la Biblia presenta el diezmo como un acto de obediencia y confianza en Dios.
En Malaquías 3:10 leemos:
«Traed todos los diezmos al alfolí… y probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.»
Más allá del debate teológico sobre su aplicación en la actualidad, lo cierto es que millones de creyentes diezman de manera voluntaria porque entienden que están honrando a Dios, no enriqueciendo a un hombre. La decisión de diezmar pertenece a la conciencia de cada creyente y, cuando se hace con fe y sinceridad, constituye un acto de adoración y dependencia del Señor.
Prosperidad no siempre significa corrupción
Existe una peligrosa tendencia a pensar que todo pastor debe vivir en escasez para demostrar su espiritualidad. Pero la Biblia nunca establece la pobreza como requisito para servir a Dios.
Personajes como Abraham, Job, David y Salomón fueron hombres de fe y también poseyeron grandes riquezas. La clave nunca fue cuánto tenían, sino quién ocupaba el primer lugar en sus corazones.
Por supuesto, también es cierto que existen falsos ministros que utilizan el Evangelio para obtener ganancias deshonestas. La propia Biblia los denuncia con firmeza. Pero sería injusto colocar a todos en el mismo saco sin pruebas. El discernimiento debe prevalecer sobre el prejuicio.
Las redes sociales también son un púlpito
Otro tema que suele generar críticas es la presencia activa de pastores en plataformas digitales.
Sin embargo, resulta difícil sostener que un predicador deba darle la espalda a una herramienta que hoy conecta a miles de millones de personas.
Si en tiempos de Pablo hubieran existido YouTube, Facebook, Instagram o TikTok, probablemente las habría utilizado para anunciar el Evangelio. Su deseo constante era llegar al mayor número posible de personas, sin importar el medio.
Las redes sociales son simplemente el nuevo escenario donde se libra la batalla por las ideas, los valores y la fe. En ellas también hay espacio para la Palabra de Dios.
Es natural que un ministerio con millones de seguidores genere ingresos a través de conferencias, libros, música, plataformas digitales o contenido en internet. Eso no convierte automáticamente a sus líderes en mercaderes de la fe.
Más prudencia y menos condena
Jesús enseñó:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados.» (Mateo 7:1).
Eso no significa renunciar al discernimiento, sino evitar condenar sin evidencia.
Si un pastor incurre en corrupción, deberá responder ante la justicia y, sobre todo, ante Dios. Pero si su prosperidad proviene de años de trabajo ministerial, de proyectos legítimos y del respaldo voluntario de quienes valoran su labor, entonces no existe fundamento bíblico para condenarlo únicamente porque posee bienes materiales.
En definitiva, la Biblia enseña que el obrero es digno de su salario, que quienes anuncian el Evangelio tienen derecho a vivir de él y que la expansión del mensaje debe aprovechar todos los medios disponibles, incluidas las redes sociales.
La Iglesia necesita transparencia, sí; pero también necesita justicia. No todo pastor próspero es un falso profeta, como tampoco todo pastor humilde es un verdadero siervo de Dios. Al final, el criterio definitivo sigue siendo el mismo: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16).
Este debate no debería centrarse en la apariencia de la prosperidad, sino en la fidelidad al Evangelio. Porque el verdadero llamado de la Iglesia no es alimentar el juicio precipitado, sino anunciar a Cristo con integridad, discernimiento y amor.
























